miércoles, agosto 31, 2005

Los dátiles...

En un oasis escondido entre los más lejanos paisajes del desierto, se encontraba el viejo Eliahu de rodillas, al lado de una palmeras datileras. Su vecino Hakim, el acaudalado mercader, se detuvo en el oasis para que sus camellos abrevaran y vio a Eliahu sudando mientras parecía escarbar en la arena. -¿Qué tal anciano? La paz sea contigo. –Contigo –contestó Eliahu sin dejar su tarea. -¿Qué hace aquí, con este calor y esa pala en las manos? -Estoy sembrando -contesto el viejo. -¿Qué siembras aquí, bajo este sol terrible? -Dátiles –respondió Eliahu mientras señalaba el palmar a su alrededor. -¡Dátiles! repitió el recién llegado, y cerró los ojos como quien escucha la mayor estupidez del mundo con comprensión-. El calor te ha dañado el cerebro, querido amigo. Ven, deja esa tarea y vamos a la tienda a beber una copa de anís que traigo conmigo. –No, debe terminar la siembra. Luego, si quieres, beberemos--- -Dime, amigo, ¿Cuántos años tienes? -No sé... Sesenta, setenta, ochenta... No sé... Lo he olvidado. Pero eso, ¿qué importa? -Mira, amigo. Las datileras tardan más de cincuenta años en crecer, y recién cuando se conviertan en adultas están en condiciones de dar frutos. Yo no te estoy deseando el mal, y lo sabes. Ojalá vivas hasta los ciento y un años; pero tú sabes que difícilmente podrás llegar a cosechar algo de lo que hoy estás sembrando. Deja eso y ven conmigo. –Mira, Hakim. Yo he comido dátiles que sembró otro, alguien que no pensó en comerlos. Siembro hoy para que otros puedan comer mañana los dátiles que hoy estoy plantando... Aunque sólo fuera en honor de aquel desconocido, vale la pena terminar mi tarea. –Me has dado una gran lección, Eliahu. Déjame que te pague esta enseñanza que hoy me has dado de la única manera que puedo –y diciendo esto, Hakim puso en la mano del viejo una bolsa de cuero llena de monedas. –Te agradezco tus monedas, amigo.
Eliahu se arrodilló y tiró las semillas en los agujeros que había hecho mientras decía: -Los caminos de Alá son misteriosos... Ya ves, tú me pronosticabas que no llegaría a cosechar lo que sembrara. Parecía cierto y sin embargo, fíjate lo que sucedió, todavía no he acabado de sembrar y ya he cosechado una bolsa de monedas, la gratitud y la alegría de un amigo.

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