sábado, febrero 04, 2006

Nuevas formas de disciplinamiento político

Hugo Chávez y Evo Morales padecen el estilo con que EE.UU. y usinas intelectuales internacionales desacreditan a sus gobiernos.

Oscar Raúl Cardoso. ocardoso@clarin.com

La política enseña desde hace mucho y en todas las latitudes que, cuando la verdad no alcanza, hay que echar mano a la mentira que difama al enemigo. Y aunque el juego no es nuevo, aún es posible asombrarse por las formas en que lo practican los hombres.Los presidentes venezolano, Hugo Chávez, y boliviano, Evo Morales, —dos figuras latinoamericanas que Washington ama odiar— fueron en las últimas semanas los nítidos espejos de aquel juego y reflejaron la intensidad que éste adquiere en América.

Chávez es ya un clásico blanco contemporáneo de este arrojar dardos retóricos, así que no hubo mucha sorpresa, hace un par de días, cuando el secretario de Defensa estadounidense, Donald Rumsfeld, lo calificó como un nuevo Adolfo Hitler en ciernes. La enormidad no es nueva y cabe recordar que el propio jefe de Rumsfeld, George W. Bush, fue víctima de la misma comparación en la segunda mitad del 2002. Quien era entonces ministra de Justicia de Alemania, Herta Daeubler-Gmelin, aseguró que Bush, al igual que el líder del III Reich, agitaba la idea de la guerra para obnubilar a su propio electorado. Después sobrevino la invasión a Irak del 2003 y el paralelo ya no pareció tan loco a una buena parte de la opinión pública mundial.Pero la ministra había ido demasiado lejos y debió renunciar a su cargo —mientras el jefe de Gobierno, Gerhard Schroeder, se desvivía por desautorizarla—, algo que seguramente no le sucederá en esta oportunidad a Rumsfeld.

Lo de Morales es aún más llamativo. Apenas si ha empezado a gobernar y ya se le está imputando de todo, literalmente de todo. Aquí conviene establecer los diferentes estilos de difamación posible: están los exabruptos casi groseros al estilo Rumsfeld, pero la práctica puede también adquirir la sofisticación del análisis político y de la exposición académica.En esta segunda dimensión el mandatario boliviano fue acusado esta misma semana de promover la transformación de su país en una "colonia bolivariana", esto es, en la primera sucursal chavista en la región.

Fue en un comentario editorial publicado en Los Tiempos de Cochabamba —diario que eligió tempranamente la ruta opositora— bajo la firma de José Brechner, que incluso especulaba con el ingreso a territorio boliviano de tropas venezolanas, aunque no hay un solo indicio en esa absurda dirección.Lo de Brechner está, por pervertido que parezca su argumento, dentro de las reglas de juego de cualquier oposición doméstica. Pero un dato llamativo es que el artículo fue reproducido, íntegro y en su versión en inglés, un día después por el servicio informativo de The Financial Times, que le aportó la cuota adicional de autoridad del matutino inglés.

La mentira como la mejor arquitectura se construye de a poco, desarrollando en el proceso un estilo que siempre tiene rasgos centrales comunes.En lo de Chávez y Morales ya es posible identificar al menos una característica central: de lo que se trata es de poner en tela de juicio la legitimidad democrática, nada menos. Porque en los procesos políticos que llevaron al gobierno a Chávez y Morales es imposible negar un origen democrático, hay que establecer ahora un nuevo umbral para lo aceptable: la legitimidad que aportan las elecciones y las pugnas democráticas sin vicios no son suficientes.

Hay verdad en la afirmación, sólo que no es la que quieren encontrar quienes la usan ahora. Cualquier gobernante electo puede deslegitimarse si traiciona su mandato o intenta restringir libertades y derechos básicos, y un buen ejemplo de esto está dado por los diez años de oprobio que Alberto Fujimori tuvo en Perú hasta que su aventura terminó en una fuga al exterior cuando aún gozaba de la investidura presidencial.

Pero aun así hace falta la comprobación concreta de esos desvíos, algo que en Venezuela y —mucho menos aún— en Bolivia es imposible detectar. Democracia y dictadura responden en esto a la misma ley que los objetos físicos: no pueden ocupar el mismo lugar al mismo tiempo; necesitan desplazarse recíprocamente para poder hacerlo.Para lidiar con esta dificultad existen la imaginación y la teoría política, o al menos la especulación ilustrada que puede pasar por teoría.

En el más reciente número (enero/febrero 2006) de la influyente revista bimensual Foreign Policy, el cientista político Javier Corrales, del Amherst College, da un salto cualitativo en la construcción del argumento, afirmando que Chávez está gestando una nueva forma de autoritarismo que no prescinde de las formas democráticas.La llama "autocracia competitiva" para la que el sistema democrático se convierte en un aliado.

El autócrata competitivo se vuelve tal cuando comprende que su fortaleza política le alcanza para competir con éxito en el marco democrático, pero no para abrumar a su oposición. "Chávez —escribe— es así diferente de otras dos clases de dictadores: el autócrata impopular, que tiene pocos seguidores y debe recurrir a la represión abierta, y el autócrata confortable, que tiene poca oposición y puede ejercer el poder de modo relajado".Es interesante notar que en el mismo artículo, Corrales admite que en Venezuela se pueden encontrar incluso "una oposición activa, elecciones y una sociedad civil vibrante", pero en la lógica paradójica que emplea el autor todas estas comprobaciones que podrían desmentir la tesis expuesta son empleadas en un intento por avalarla. Este es, advierte, el modelo de autoritarismo para el siglo XXI y el problema no es tanto que afecte a Venezuela sino que puede constituirse en un ejemplo a seguir en el resto de la región.

Escrito antes de que Morales obtuviera su mandato, el ensayo menciona aprensivamente las elecciones en Bolivia y en México.No se trata de pensar que Chávez está exento de críticas múltiples y justificadas o que Morales será un gobernante perfecto. Se trata de detectar e identificar la mentira que puede emplearse en el futuro cercano como justificación para operar contra el venezolano y el boliviano o cualquier otro en la región.

Copyright Clarín, 2006.

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