domingo, diciembre 18, 2005

Entrevista al Obispo de San Isidro y Titular de la Pastoral Social

Casaretto: "La exclusión aún es muy fuerte y sigue existiendo inequidad"

Dice que unas 400 mil familias no reciben ningún subsidio ni tienen ningún plan. La intención no es "molestar" al Gobierno, sino "inquietar a la sociedad", aclara.

srubin@clarin.com

Monseñor Jorge Casaretto entra raudo a la señorial casona del obispado de San Isidro que desde hace más de dos décadas timonea con decisión, demostrando su condición de deportista. Convertido recientemente en la primera espada eclesiástica para las cuestiones sociales -fue ungido presidente de la Pastoral Social—, es uno de los obispos con mejor llegada a la Casa Rosada y, por eso, puede llegar a ser una pieza clave en la recomposición de la delicada relación entre el Gobierno y la Iglesia.

—¿Por qué el presidente Néstor Kirchner y la conducción de la Iglesia no se sientan a conversar?—Siempre respondo por mi área. Puedo decir que desde la Pastoral Social estamos muy dispuestos a dialogar con las personas del Gobierno o de la sociedad que tengan que ver con la temática social como lo hicimos desde Cáritas (fue su presidente hasta noviembre).

En cuanto a la comisión ejecutiva (la conducción del Episcopado que encabeza el cardenal Jorge Bergoglio) hay que planteárselo a ella. Sí puedo decir, como salió estos días en los diarios, que el presidente expresó una vez su deseo de visitar el Episcopado y hace un mes se lo invitó a concretarla.

También existe entre los obispos la intención de tomar contacto con la Corte Suprema y el Congreso para clarificar la relación con los tres poderes.

—El presidente los acusó de actuar como un partido político y hasta de desconocer la realidad social a raíz de su documento. ¿Qué piensa?—Hay que mirar hacia delante. Seguramente, el exceso de actividad del presidente no le permitió leer bien el documento. Los obispos no hablamos sólo para el sector político. Evidentemente, las autoridades están incluidas porque nos dirigimos a toda la sociedad. Pero lo que dijimos en el último documento es una actualización de lo que venimos diciendo hace mucho tiempo. Mucho de los objetivos que el Gobierno proclama están contenidos en el pronunciamiento.

—¿En qué se basan para decir que la desigualdad creció de un modo escandaloso?—En primer lugar hay que decir que el tema de la inequidad no es nuevo. Es un asunto persistente en el país y en América Latina. Debe de ser una de las regiones más inequitativas de mundo.

La Iglesia latinoamericana viene hablando de esto desde su conferencia de Medellín (1968). La Argentina no está exenta.¿Y cómo ven este momento?—Desde Cáritas pudimos palpar que todavía hay una base de exclusión muy fuerte y que cerca de 400 mil familias no reciben ningún subsidio, no están incluidas en ningún plan. O sea, el problema de la inequidad sigue existiendo.

Nosotros no queremos molestar a un gobierno con nuestra puntualización sino, más bien, inquietar a toda la sociedad para que esta polarización se vaya amortiguando. Esto es responsabilidad de todos.

—Cáritas dijo hace poco que quiere cambios en los planes sociales. ¿Cuáles?—Cuando nosotros hicimos el control de los programas, vimos como muy positivo ir pasando del plan para jefes y jefas de hogar desocupados al plan Familias (la ayuda varía según el número de hijos y la responsabilidad está más centrada en la madre), porque la mujer pone más cuidado en sus hijos, en su escolaridad. Esa corriente se estancó con motivo de la campaña y las elecciones y ahora hay que retomarla.

—Kirchner también los acusó de borrarse ante las violaciones a los derechos humanos durante la dictadura, a raíz de que ustedes dijeron que, al evocarse la violencia política, se omite el terrorismo—Lo que decimos en el documento es que pareciera que se está proclamando una visión sesgada de lo que pasó. La Iglesia pidió dos veces perdón por los pecados de omisión o comisión de sus hijos cristianos en aquel período tan complejo. Creo que estamos demasiado dependientes del pasado. No puede ser que después de 25 o 30 años de ocurridos, estos hechos estén condicionando tanto nuestro presente. Y hay un camino que la Iglesia viene predicando desde hace mucho tiempo que es el de la reconciliación.

—Quizá se la vincula con el olvido o con la impunidad. —De ninguna manera es un olvido porque siempre dijimos que debemos reconciliarnos en la verdad, que se conozca la verdad; en la justicia, que la justicia se aplique. Pero después tenemos que ejercer la caridad y el perdón. Lo que nos falta a los argentinos es perdonarnos mutuamente; reconocer que todos, absolutamente todos, hemos tenido algún tipo de responsabilidad en lo que pasó. No podemos volver a dividir a los argentinos en puros e impuros, sino que tenemos que arrepentirnos del mal que pudimos haber causado, cada uno en su grado.

—¿No les resulta a los obispos demasiado confrontativo el presidente?—Puedo hablar por mi persona. Y la verdad es que desde hace mucho tiempo, desde que soy obispo, que no hago juicio sobre las personas y menos sobre las autoridades. Eso que lo juzgue la misma gente que es inteligente. Que haga su juicio tanto de las autoridades como de los propios obispos.

—¿Pero observan demasiados enfrentamientos en el país?—Si hablamos de la sociedad, creo que está fragmentada. Todavía los intereses de grupos y sectores son muy fuertes. Aún no hay una conciencia muy desarrollada de bien común. Pero considero que la crisis ayudó mucho a crear conciencia. Una gran parte de los argentinos nos dimos cuenta de que tenemos que priorizar mucho más el bien común porque el meollo de la crisis fue ésa: una priorización de los bienes particulares o sectoriales por sobre el bien común.

—¿Qué idea da vueltas en su cabeza ante esta Navidad?—El Hijo de Dios vino al mundo para decirnos cuánto nos ama Dios. Por eso, en Navidad estamos llamados a una fraternidad que, como acabamos de decir los obispos, tiene que llevarnos a deponer resentimientos, rencores, odios.

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